Pienso, luego… ¿qué?
La conciencia podría ser solo el nombre que pusimos al misterio
Hay palabras que utilizamos con tanta seguridad que terminamos olvidando comprobar si sabemos realmente qué significan. «Tiempo». «Realidad». «Inteligencia». «Yo». «Conciencia».
Conciencia, especialmente, parece una de esas palabras inexpugnables. Todos sabemos aparentemente qué significa hasta que alguien comete la imprudencia de preguntar qué es exactamente. Entonces comienzan los problemas. Aparecen definiciones circulares, intuiciones, metáforas, teorías incompatibles y toneladas de vocabulario científico alrededor de una incógnita que permanece exactamente donde estaba.
Quizá ha llegado el momento de formular una pregunta mucho más incómoda.
¿Podemos afirmar que somos conscientes si todavía no sabemos definir qué es la conciencia?
No estoy preguntando si pensamos. Pensamos.
No estoy preguntando si sentimos dolor, recordamos, soñamos, imaginamos, percibimos o anticipamos acontecimientos. Todo eso ocurre.
La cuestión es mucho más peligrosa:
¿qué nos autoriza a coger todos esos procesos, envolverlos juntos y afirmar que detrás de ellos existe además algo llamado conciencia?
Puede que llevemos siglos intentando explicar una respuesta que nosotros mismos introdujimos previamente en la pregunta.
El gran malentendido de Descartes
René Descartes no estaba intentando definir la conciencia cuando formuló su célebre cogito ergo sum. Su problema era epistemológico: buscaba una certeza capaz de sobrevivir incluso a la duda radical. Podía dudar del mundo, de sus sentidos, de su cuerpo y de prácticamente cualquier conocimiento, pero encontraba algo extraordinariamente difícil de eliminar: si estaba dudando, estaba ocurriendo pensamiento. Por eso el cogitopretende establecer la certeza de la propia existencia mientras se piensa.
Hasta ahí, magnífico.
El problema empieza cuando generaciones posteriores convierten esa intuición en una especie de monumento al sujeto consciente. «Pienso, luego existo» acaba asociado culturalmente a la autoconciencia, al yo y a la singularidad del sujeto humano. Pero conviene examinar despacio la frase.
Pienso, luego existo.
¿Quién piensa?
«Yo».
Un momento.
¿De dónde ha salido ese «yo»?
Si estamos intentando descubrir la existencia del sujeto, introducir un sujeto precisamente en la premisa resulta, como mínimo, sospechoso. De hecho, esta dificultad lleva siglos señalándose: una formulación filosóficamente más austera sería algo parecido a «hay pensamiento», sin asumir todavía qué clase de entidad lo produce. La discusión sobre hasta dónde puede llevarnos realmente el cogito continúa formando parte de la interpretación filosófica de Descartes.
Y entonces todo cambia.
Hay pensamiento.
Perfecto.
¿Qué demuestra eso?
Demuestra que ocurre pensamiento.
No demuestra necesariamente que exista un «yo» indivisible detrás.
No demuestra que ese yo sea permanente.
No demuestra que pensar y ser consciente sean equivalentes.
Y, desde luego, no define qué demonios significa ser consciente.
Quizá hemos pedido a Descartes que resolviera un problema que Descartes nunca pretendió resolver.
La trampa del sustantivo
Los seres humanos tienen una extraordinaria habilidad para transformar procesos en cosas mediante el lenguaje.
Varias moléculas interactuando se convierten en «vida».
Miles de procesos atmosféricos se convierten en «clima».
Millones de intercambios económicos se convierten en «el mercado».
Miles de millones de procesos neuronales se convierten en «mente».
Y una enorme colección de percepción, memoria, atención, emoción, dolor, imaginación, pensamiento, representación del propio cuerpo y conocimiento sobre uno mismo acaba dentro de una caja denominada:
CONCIENCIA.
La palabra es útil.
Pero aquí aparece una confusión fundamental: que una palabra sea útil no significa necesariamente que exista una entidad independiente correspondiente a ella.
El clima existe, naturalmente, pero nadie espera encontrar dentro de una nube una pequeña esfera llamada «clima» responsable de todo.
Quizá ocurre algo semejante con la conciencia.
Tal vez la conciencia no sea una cosa.
Tal vez sea una forma de referirnos a una determinada organización de muchos procesos diferentes.
Y si fuera así, llevamos muchísimo tiempo buscando una sustancia donde quizá solo existe una arquitectura.
El problema es todavía peor
Actualmente no existe una única definición científica aceptada de conciencia. La literatura distingue, entre otras cosas, conciencia fenomenológica, conciencia de acceso, autoconciencia y distintas formas de metacognición. La propia Stanford Encyclopedia of Philosophy recoge varias nociones diferentes bajo la misma palabra.
Y la investigación contemporánea tampoco ha cerrado el asunto. En 2025, una revisión sobre las principales teorías de la conciencia señalaba que existe actualmente más desacuerdo que acuerdo entre ellas, incluso respecto de cuestiones fundamentales como qué fenómeno están intentando explicar y cómo debe definirse la propia conciencia. Otro trabajo reciente resumía la situación de manera bastante incómoda: después de décadas de grandes teorías enfrentadas, el consenso continúa siendo esquivo.
Detengámonos un instante ante la ironía.
Estamos intentando encontrar los mecanismos cerebrales de algo cuya definición continúa siendo objeto de disputa.
Es como organizar una expedición internacional para localizar una criatura sin haber acordado todavía si buscamos un mamífero, una bacteria o un fenómeno meteorológico.
Y, aun así, hablamos constantemente de «seres conscientes» y «seres no conscientes» con una tranquilidad formidable.
Quizá el problema no esté únicamente en que todavía no hemos encontrado la respuesta.
Quizá no hemos construido correctamente la pregunta.
«Sé que soy consciente»
Aquí aparece la defensa aparentemente definitiva.
«Yo sé que soy consciente porque lo experimento.»
Muy bien.
¿Qué experimentas?
Dolor.
Color.
Pensamientos.
Recuerdos.
Sensaciones.
Emociones.
Perfecto.
Ahora eliminemos durante treinta segundos la palabra conciencia.
¿Ha desaparecido algo?
No.
Continúan existiendo dolor, color, memoria, emociones y pensamiento.
Entonces podemos preguntar: ¿qué aporta exactamente añadir que todos ellos son “conscientes”?
Habitualmente respondemos que son conscientes porque existe experiencia subjetiva de ellos.
¿Y qué significa «experiencia subjetiva»?
Que son experimentados por un sujeto.
¿Y cómo sabemos que existe ese sujeto?
Porque es consciente de ellos.
Fantástico.
Acabamos de construir una rotonda semántica.
Sabemos que existe conciencia porque tenemos experiencias conscientes, y sabemos que esas experiencias son conscientes porque existe una conciencia que las experimenta.
Después de varias vueltas incluso podemos poner una fuente en medio, pero seguimos en la misma rotonda.
¿Y si únicamente existe el proceso?
Probemos otra hipótesis.
Un organismo recibe información del exterior y de su propio cuerpo. Construye modelos, recuerda acontecimientos anteriores, anticipa posibilidades, diferencia su cuerpo del entorno y modifica su comportamiento.
Hasta ahí no necesitamos ninguna entidad denominada conciencia.
Ahora añadamos una capacidad extraordinariamente interesante: ese sistema empieza a incluirse a sí mismo dentro del modelo.
Ya no representa solamente:
el mundo.
Representa:
el mundo y mi posición dentro del mundo.
Después aparece otro nivel:
el mundo, mi posición y mis propios estados internos.
Y finalmente:
puedo pensar acerca de mis propios pensamientos.
Hemos construido recursividad.
Un sistema representándose a sí mismo mientras representa.
Quizá eso sea lo que durante siglos hemos experimentado como una presencia interior.
Quizá no exista un pequeño observador escondido dentro del cerebro contemplando una pantalla llamada realidad.
Quizá simplemente exista un extraordinariamente complejo proceso de autorrepresentación.
Las llamadas teorías de orden superior exploran precisamente ideas relacionadas con esta posibilidad, intentando explicar ciertos estados conscientes a partir de representaciones superiores de otros estados mentales. No existe consenso en que esa sea la explicación correcta, pero su mera existencia demuestra hasta qué punto «ser consciente» puede analizarse como una relación entre procesos, no necesariamente como una misteriosa sustancia adicional.
Y entonces la vieja frase podría transformarse.
No:
«Pienso, luego existo.»
Sino:
«El pensamiento ha aprendido a pensarse.»
Eso es otra cosa.
¿Y si el «yo» apareció después?
Aquí comienza una hipótesis todavía más incómoda.
Quizá la experiencia sea anterior al yo.
Un organismo puede sentir dolor sin desarrollar una teoría sobre quién está sintiéndolo.
Puede reaccionar al miedo sin construir una autobiografía.
Puede percibir sin formular «soy un individuo separado del Universo que actualmente está percibiendo».
Entonces quizá el gran acontecimiento evolutivo no fuera la aparición de la conciencia.
Quizá fuera la aparición del narrador.
Un sistema capaz de conectar recuerdos separados y atribuirlos a una misma entidad:
«Eso me ocurrió a mí.»
Después:
«Esto me está ocurriendo a mí.»
Y finalmente:
«Algún día yo dejaré de existir.»
En ese instante aparecen probablemente fenómenos completamente nuevos. La biografía, el miedo abstracto a la muerte, el legado, la reputación, la necesidad de trascendencia, el ego, el futuro imaginado.
Quizá buena parte de lo que llamamos civilización proceda menos de la conciencia que de algo mucho más específico:
la construcción persistente de un personaje llamado yo.
Y entonces aparecen los animales
Durante siglos la humanidad cometió un error bastante recurrente: utilizarse a sí misma como patrón universal.
Inteligencia significaba parecerse intelectualmente a un humano.
Lenguaje significaba comunicarse como un humano.
Emoción significaba mostrar emociones reconocibles para un humano.
Y conciencia significaba poseer una experiencia semejante a la humana.
Ese antropocentrismo empieza a resquebrajarse. La Declaración de Nueva York sobre Conciencia Animal, publicada en 2024, sostiene que existe fuerte respaldo científico para atribuir experiencia consciente a otros mamíferos y a las aves, además de una posibilidad realista en todos los vertebrados y numerosos invertebrados.
Esto plantea una cuestión mucho más interesante que decidir qué animales han conseguido entrar en el selecto club humano de la conciencia.
¿Y si nunca hubo un club?
¿Y si existen arquitecturas de experiencia radicalmente distintas?
La experiencia de un pulpo podría no ser una versión pobre de la humana.
Podría ser otra cosa.
La de un cetáceo podría organizarse de manera distinta.
La de un insecto, si existe, podría resultar prácticamente irreconocible desde la experiencia humana.
Quizá llevamos siglos preguntando:
«¿También son conscientes?»
cuando deberíamos preguntar:
«¿Qué clase de experiencia produce este sistema?»
La diferencia es enorme.
La primera pregunta convierte al humano en unidad de medida.
La segunda acepta que quizá la conciencia humana sea únicamente un punto dentro de un territorio inmenso de posibilidades.
La gran sospecha
Llegamos entonces a una posibilidad bastante perturbadora.
Quizá la conciencia nunca haya sido descubierta.
Quizá fue postulada.
Encontramos pensamiento, percepción, memoria, sueños, dolor, imaginación, identidad, atención y autorreferencia.
Después observamos que todos parecían formar una experiencia unificada.
Y pusimos un nombre sobre el conjunto.
Conciencia.
Desde entonces llevamos siglos intentando encontrar aquello que corresponde a la palabra.
Pero tal vez hemos confundido el mapa con el territorio.
Podría no existir una única entidad denominada conciencia del mismo modo que no existe una única entidad llamada clima.
Podrían existir procesos.
Interacciones.
Gradientes.
Arquitecturas.
Niveles de integración.
Formas de experiencia.
Capacidades de autorrepresentación.
Y una gigantesca variedad de combinaciones posibles.
Si esto fuera cierto, la pregunta «¿es consciente?» podría llegar a parecernos algún día extraordinariamente primitiva.
Quizá una civilización futura formule preguntas mucho más precisas: ¿qué puede experimentar este sistema?, ¿puede representarse a sí mismo?, ¿puede distinguir entre su representación del mundo y el mundo?, ¿mantiene continuidad autobiográfica?, ¿puede modelar sus propios estados?, ¿existe algo semejante a un punto de vista interno?
Y quizá descubran algo todavía más humillante para Homo sapiens.
Que los humanos encontraron una forma de conciencia, la suya, y la confundieron con la conciencia.
No sería la primera vez.
Pienso, luego… ¿qué?
Descartes encontró algo extraordinariamente poderoso: la duda no puede eliminar completamente el hecho de que algo está ocurriendo mientras se duda.
Cuatro siglos después quizá debamos continuar desde ahí, pero resistiendo la tentación de introducir demasiado pronto las palabras «yo», «mente» y «conciencia».
Hay pensamiento.
Hay experiencia.
Hay percepción.
Hay memoria.
Hay sistemas capaces de representarse a sí mismos.
Todo eso podemos estudiarlo.
Pero quizá debamos concedernos el derecho a hacer una pregunta que resulta casi ofensiva por su sencillez:
¿y si “conciencia” no explica absolutamente nada?
Tal vez sea únicamente el nombre que pusimos sobre el espacio vacío que quedaba entre todos los fenómenos que sí podíamos observar.
Una etiqueta colocada encima del misterio.
Un sustantivo construido para poder hablar de aquello que todavía no comprendíamos.
Y después ocurrió algo extraordinariamente humano:
olvidamos que habíamos inventado la palabra y empezamos a buscar la cosa.
Quizá algún día encontremos una teoría capaz de explicar de manera convincente qué es la conciencia.
O quizá descubramos algo mucho más interesante.
Que nunca hubo una sola cosa que explicar.
Que aquello que llamábamos conciencia era un enorme territorio formado por fenómenos diferentes.
Que sentir, pensar, reconocerse, recordar y observar el propio pensamiento no eran manifestaciones de una misteriosa propiedad central, sino procesos capaces de combinarse de innumerables maneras.
Y entonces la gran pregunta dejará de ser:
«¿Somos conscientes?»
para convertirse en otra infinitamente más inquietante:
«¿Qué somos exactamente cuando pensamos que somos conscientes?»