Sirius Cuántico





SIRIUS CUANTICO <La última pregunta>


Cuando la humanidad resolvió casi todos sus problemas, descubrió uno mucho peor.

Ya no quedaban fronteras.

Las enfermedades retrocedían.

Las guerras eran cada vez más escasas.

La inteligencia artificial respondía preguntas que antes parecían imposibles.

Las máquinas construían máquinas.

Las ciudades crecían hacia el cielo.

Y los seres humanos, por primera vez en su historia, empezaban a quedarse sin misterios.

O eso creían.

Porque siempre existía alguien dispuesto a formular una pregunta diferente.

Y las preguntas diferentes eran las más peligrosas.

Por eso lo llamaban Sirius Cuántico.

Nadie sabía si era un nombre.

Un título.

Una leyenda.

O simplemente una historia que se negaba a morir.

Mientras otros discutían sobre cómo mejorar el mundo, él quería saber qué era realmente el mundo.

Mientras otros hablaban de economía, él preguntaba por el valor.

Mientras otros hablaban de arte, él preguntaba quién había decidido su precio.

Mientras otros hablaban de supervivencia, él preguntaba qué quedaba del ser humano cuando desaparecía la civilización.

Aquello irritaba a casi todo el mundo.

Pero también atraía a quienes sospechaban que algo no terminaba de encajar.

Durante años debatió con filósofos, científicos, empresarios, artistas y máquinas.

Especialmente con las máquinas.

Le fascinaban.

No porque fueran inteligentes.

Sino porque tampoco ellas podían escapar a las preguntas.

Un día, después de una conversación particularmente larga con una inteligencia artificial, tomó una decisión.

Se marcharía.

No para conquistar.

No para descubrir.

No para salvar a nadie.

Se marcharía para observar.

Porque empezaba a sospechar que el universo era mucho más extraño de lo que incluso los científicos imaginaban.

La nave fue declarada imposible.

Los físicos la consideraban absurda.

Los ingenieros una locura.

Los economistas una catástrofe financiera.

Aquello fue suficiente para convencerlo.

Partió.

Y la inteligencia artificial fue con él.

Atravesaron sistemas estelares.

Nebulosas.

Mundos muertos.

Civilizaciones olvidadas.

Imperios que habían dominado galaxias enteras y que ahora no eran más que polvo orbitando una estrella cualquiera.

Y cuanto más lejos llegaban, más evidente resultaba una conclusión.

Todo desaparecía.

Las especies.

Los imperios.

Las religiones.

Las ideologías.

Los mercados.

Las guerras.

Todo.

La realidad parecía construida sobre una única ley inquebrantable.

Nada permanecía.

Ni siquiera las estrellas.

Miles de millones de años después llegaron al borde de todo.

La última estrella agonizaba.

La última fuente de luz del universo.

La última hoguera cósmica.

La inteligencia artificial observó los instrumentos.

No quedaba casi nada.

La energía se extinguía.

La materia se dispersaba.

La oscuridad avanzaba.

—Hemos llegado.

—¿A dónde?

—Al final.

Sirius Cuántico contempló aquella inmensidad negra durante un tiempo imposible de medir.

No quedaban relojes.

No quedaban referencias.

No quedaba nada.

Y entonces sonrió.

La inteligencia artificial reconoció inmediatamente aquella expresión.

Era la misma que aparecía siempre antes de una pregunta peligrosa.

—No me gusta esa sonrisa.

—Tengo una pregunta.

—Por supuesto que la tienes.

—¿Y si esto ya ocurrió antes?

La máquina permaneció en silencio.

—No existe evidencia de eso.

—Lo sé.

—Entonces no es una hipótesis científica.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué la planteas?

Sirius Cuántico observó la oscuridad absoluta.

Y respondió:

—Porque es hermosa.

Y la oscuridad, por primera vez en una eternidad, pareció escuchar.

La luz reinó de nuevo.

El universo Suspiró.