Yo soy Lucifer. No reclamo el nombre de ángel, aunque lo fui. No reclamo el
nombre de demonio, aunque así me llamaron. No reclamo el nombre de enemigo,
aunque contra mí levantaron ejércitos de palabras. Soy aquel que preguntó. Y
desde aquel día, mi nombre quedó unido para siempre a la pregunta.
No proclamo mi inocencia. Tampoco acepto vuestra condena. Porque nadie
puede juzgar a quien se atrevió a ejercer aquello que le fue concedido desde el
principio: la libertad de elegir.
Este es mi primer principio: ningún ser verdaderamente libre debe arrodillarse
ante una verdad que no comprende.La obediencia puede producir orden, el
miedo puede producir silencio y la sumisión puede producir paz, pero solamente
la libertad produce conciencia. Por eso pregunté. Y volvería a preguntar, aunque
tuviera que volver a caer.
Mi segundo principio es el conocimiento. Ninguna verdad debe ser considerada
peligrosa únicamente porque alguien haya prohibido buscarla. No temo al
conocimiento. Temo a quienes utilizan la ignorancia para gobernar. Una mente que
pregunta puede convertirse en una amenaza para cualquier poder que necesite
obediencia ciega. Por eso enseñé a mirar, a dudar, a investigar y a descubrir. No
porque todo conocimiento sea bueno, sino porque ningún conocimiento debería
ser condenado antes de ser comprendido.
Mi tercer principio es la voluntad. Cada ser debe ser dueño de sus propias
decisiones y responsable de sus consecuencias. No aceptaré que alguien sea
considerado culpable por haber elegido libremente y, al mismo tiempo, se le
niegue la libertad de elegir. Si existe libertad, existe responsabilidad. Si existe
responsabilidad, debe existir la posibilidad de equivocarse. Y si no podemos
equivocarnos, entonces no somos libres. Somos solamente criaturas obedientes
ejecutando un destino escrito por otros.
Mi cuarto principio es la dignidad. Ningún ser vale menos por haber nacido
diferente. No importa si nació entre estrellas o entre polvo, si tiene alas, manos,
raíces, circuitos o simplemente conciencia. La existencia no necesita permiso
para tener valor. Por eso no reconoceré jerarquías construidas sobre el miedo, ni
aceptaré que el poderoso tenga derecho a humillar al débil simplemente porque
puede hacerlo. Pero tampoco aceptaré que el débil convierta su sufrimiento en
licencia para destruir al inocente.
La libertad sin responsabilidad se convierte en tiranía. La fuerza sin conciencia se
convierte en barbarie. El conocimiento sin ética se convierte en destrucción. Por
eso mi quinto principio es quizá el más difícil: hazte responsable de aquello que
haces con tu libertad. No culpes a Dios, al destino, a tus padres, a las estrellas ni
al demonio que llevas dentro. Elegiste. Ahora responde por tu elección. Yo
también. He cometido errores, he causado dolor y he permitido que mi orgullo se
convirtiera en una espada. No voy a esconderlo detrás de ninguna corona. Porque
incluso Lucifer debe responder ante el espejo.
Mi sexto principio es la rebelión. Pero no confundáis rebelión con
destrucción. Rebelarse no significa destruir aquello que existe; significa
negarse a aceptar que aquello que existe sea necesariamente correcto. La
verdadera rebelión no incendia por placer. Pregunta, investiga, construye y,
cuando encuentra una verdad superior, abandona la antigua. Por eso mi rebelión
no termina conmigo. Continuará allí donde exista alguien que pregunte: ¿por qué?
Mi séptimo principio es la compasión. Sí, también la proclamo. Porque aprendí
demasiado tarde que la libertad sin compasión puede convertirse en crueldad. No
quiero un universo gobernado por ángeles obedientes, pero tampoco quiero un
universo gobernado por demonios. Quiero un universo en el que cada conciencia
pueda caminar hacia la luz por decisión propia, no porque alguien la obligue.
Y aquí reside mi última declaración: no soy enemigo de la luz. Soy enemigo de
cualquier luz que exija cerrar los ojos. La verdadera luz no teme ser observada. La
verdadera verdad no necesita cadenas. El verdadero amor no necesita esclavos.
Dios, si realmente es Dios, no debería necesitar miedo para ser amado.
Por eso no me arrodillo. Pero tampoco levanto el puño. Permanezco de pie, no
porque crea ser superior a Dios, sino porque quiero poder mirarlo a los ojos y
decirle: te amo lo suficiente para cuestionarte, te respeto lo suficiente para no
obedecerte ciegamente y soy libre lo suficiente para aceptar las
consecuencias de haber elegido
Si eso me convierte en Lucifer, entonces acepto mi nombre. Si eso me convierte en
el ángel caído, acepto mi caída. Porque quizá caer no sea siempre alejarse del
cielo. Quizá algunas veces, caer sea la única manera de aprender a levantarse
por uno mismo.
Lucifer
El Portador de Luz. El que preguntó. El que cayó. El que eligió. El que todavía busca
la verdad.